¿Un vino más caro realmente sabe mejor?

El precio puede cambiar mucho más que nuestras expectativas sobre una copa. ¿También puede modificar la forma en que la disfrutamos?

Hay algo curioso con el vino: muchas veces empezamos a tomarlo antes de probarlo. Vemos la botella, la etiqueta, la bodega, quizá conocemos la región. Y, si sabemos cuánto cuesta, esa información también entra en juego.

La pregunta es: ¿puede el precio cambiar lo que sentimos en la copa?


En 2008, un grupo de investigadores puso esa idea a prueba. Veinte personas probaron distintos vinos mientras sus cerebros eran observados mediante resonancia magnética funcional. Lo interesante es que, en algunos casos, estaban tomando el mismo vino pero creyendo que tenía precios diferentes.

El precio entra en la copa

Cuando las personas creían que estaban tomando un vino más caro, tendían a decir que les resultaba más agradable.

Pero el dato más interesante apareció en el cerebro: al aumentar el precio percibido también aumentaba la actividad en una región asociada con la experiencia de placer, la corteza orbitofrontal medial.

Es decir: el precio no parecía estar modificando solamente lo que las personas decían sobre el vino. También estaba influyendo en cómo vivían la experiencia.

No era otro vino.

Era otra expectativa.

Y esa expectativa alcanzaba para cambiar la percepción.

¿Qué pasa fuera de un laboratorio?

Años después, otro experimento llevó la prueba a un contexto más parecido a una degustación real.

Participaron 140 personas, que probaron vinos de distintos precios. Algunas conocían el precio real, otras no recibían información y otras recibían precios deliberadamente modificados.

El resultado fue interesante: cuando un vino económico era presentado como más caro, aumentaba cuánto les gustaba. Sin embargo, esa información falsa no cambiaba la intensidad del sabor que percibían.

O sea: el precio puede modificar cuánto disfrutamos una experiencia sin necesariamente cambiar lo que sentimos en términos de intensidad.

Entonces, ¿un vino caro es mejor?

No necesariamente.

Y eso tampoco significa que el precio sea irrelevante.

Un vino puede costar más por muchísimas razones: el lugar donde nace, el trabajo en el viñedo, los rendimientos, el método de elaboración, la crianza, la escala de producción, la disponibilidad o el posicionamiento de una bodega.

El punto interesante es otro:
precio, calidad y gusto personal no son exactamente lo mismo.
Podemos asumir que algo será mejor porque cuesta más. Y esa expectativa puede predisponernos a disfrutarlo más.

Pero eso no garantiza que, si lo probamos a ciegas, sea el vino que más nos guste.

De hecho, investigaciones sobre percepción del vino muestran que, cuando el precio queda oculto, las preferencias de consumidores no entrenados no necesariamente siguen la jerarquía de precios.

Tomamos mucho más que vino

Cuando probamos una copa también entran en juego:

  • lo que esperamos;
  • lo que sabemos;
  • lo que vemos;
  • lo que pagamos;
  • el contexto;
  • la historia que nos contaron sobre esa botella.

Por eso una degustación nunca es completamente neutral.

Y quizás ahí aparece una de las cosas más interesantes del vino: no sólo importa lo que hay dentro de la botella, sino también todo lo que construimos alrededor de ella.


Percepción, etiquetas, música, copas y otras historias para mirar el vino de otra manera.