Hay vinos que una noche nos parecen intensos y otra vez, mucho más suaves.
Puede haber cambiado la temperatura, la comida, nuestro estado de ánimo o simplemente el contexto.
Pero hay otro elemento que suele pasar bastante desapercibido:
la música.
¿Puede lo que estamos escuchando hacer que el mismo vino nos parezca diferente?
Un Cabernet Sauvignon con Carmina Burana
El psicólogo Adrian North decidió probarlo con un experimento bastante simple.
Reunió a 250 estudiantes y les dio una copa de Cabernet Sauvignon o Chardonnay. Mientras tomaban el vino, escuchaban uno de cuatro tipos de música —o nada, en el caso del grupo de control—. Cada pieza había sido elegida previamente para transmitir una característica distinta: potente y pesada, sutil y refinada, fresca y vibrante, o suave y tranquila.
Después, los participantes tenían que evaluar cuánto se parecía el vino a esas mismas características.
¿El resultado?
Las descripciones del vino tendían a moverse en la misma dirección que la música que estaba sonando. Quienes escuchaban música percibida como potente tendían a describir el vino como más potente; quienes escuchaban música considerada sutil, tendían a encontrarlo más sutil.
El vino seguía siendo el mismo.
Pero la experiencia no.
No estamos tomando sólo con la boca
Cuando pensamos en degustar solemos separar los sentidos: el aroma por un lado, el sabor por otro.
En realidad, nuestra percepción funciona de manera mucho más integrada.
Lo que vemos, escuchamos y esperamos puede interactuar con la información que llega desde la copa. A esto se lo estudia dentro de la percepción multisensorial o crossmodal: estímulos de un sentido pueden influir en cómo interpretamos lo que recibimos a través de otro.
Eso no significa que una canción transforme químicamente un Malbec en otro vino.
Significa algo bastante más interesante: puede cambiar las palabras, sensaciones y asociaciones que utilizamos para interpretarlo.
¿Entonces hay una playlist perfecta para cada vino?
No necesariamente.
La música no funciona como una receta matemática.
Influyen nuestra historia personal, nuestros gustos, cuánto conocemos el vino, el volumen, el lugar y hasta las asociaciones que tenemos con determinada canción.
Pero la investigación sí muestra algo útil: el contexto sonoro no es neutral.
Y eso abre una manera muy distinta de pensar una cata.
Quizá una degustación no tenga por qué ser solamente vino, copa y ficha técnica.
También puede ser sonido, luz, ambiente y emoción.
Probalo vos
Elegí un vino y servilo en dos momentos distintos.
Primero escuchá algo suave, tranquilo y luminoso.
Después probá exactamente el mismo vino con una música más intensa, oscura o potente.
No busques acertar nada.
Simplemente anotá:
- qué aromas aparecen primero;
- si el vino te parece más ligero o más intenso;
- qué palabras usarías para describirlo;
- y cuál de las dos experiencias disfrutaste más.
Quizás el vino no haya cambiado.
Pero puede que tu forma de escucharlo —y de tomarlo— sí.
